Lunes 02 de Marzo de 2026
 02/03/2026 - Columna
Fin de temporada

Es increíble pero cuando uno tiene sus años - bastantes - todo parece que hubiera ocurrido ayer. Vamos para atrás cincuenta años: no existía un municipio de "La Costa" como tal. Las playas que se extendían desde Punta Rasa hacia el sur por unos cien kilómetros pertenecían al partido de General Lavalle. Más allá, a General Madariaga, y así. La profesión que más se daba entre los distritos bonaerenses era la de militar. Rauch, Necochea, Alvarado, Pueyrredón, Rosales, Belgrano, y tantos más. Parte de nuestra cultura.



El intendente de General Lavalle era un señor Donald Burton Mac Iver. En la provincia de Buenos Aires gobernaba el metalúrgico Victorio Calabró (luego de la renuncia obligada de Oscar Bidegain) y en la Nación la señora María Estela Martínez Cartas, popularmente 'Isabel' o 'Isabelita', viuda del general Juan Domingo Perón, que había fallecido en la presidencia el 1º de julio de 1974.
Salvo en el caso de San Bernardo, la mayoría de las calles eran de arena o de mejorado. Una profusa línea de contención vegetal había frenado la invasión de los médanos vivos de los cincuenta y los sesenta.
La inflación nunca vista hasta entonces avanzaba sobre el país como una pelota creciente. Los ministros duraban poco y nada y los reemplazos de los ministros, menos. Pero en La Costa la gente se divertía. Los comercios funcionaban 'a full', estaban de moda las picadas con muchos platitos. Recuerdo las de El Texano y Tropicana, en pleno centro de San Clemente. Para los chicos había carreras de kártings en El Ancla, calesita, el City Park, el Disco Rojo, el parque Tuyú, y más. Para los mayorcitos y los mayores, El cañonazo, tiro luminoso de precisión, en el medio de la calle 1. Desde los parlantes de la galería, música y entretenimientos. También desde ese parque de diversiones con la Rueda de la Vuelta al Mundo y el Gusano loco. Y los stands tipo kermesse con los ositos de peluche y otros premios al que volteara más muñecos o le acertara a más bombitas con el rifle de aire comprimido.
No existía Mundo Marino como lo conocimos después. Con los muchachos íbamos a pescar a ese predio con el 'revoleo' o con cañas, festejando cuando venían los pejerreyes. Porque casi siempre salían burriquetas, cuando los cangrejos no se comían la carnada.
Abundaban los campings. El turismo en carpa era más que masivo. De hecho, mucha gente acampando entre los médanos, sobre la playa, utilizaba los tamariscos a guisa de sanitarios. De retrete, bah.
Los diarios de la mañana llegaban a la tarde, y los de la tarde, al día siguiente. Curiosamente, Billiken, Anteojito y otras publicaciones se distribuían en las playas antes que en la propia Capital Federal. Muchos comercios y residentes, y algunos turistas que pasaban los tres meses en familia, contaban con aparatos de televisión que recibían las transmisiones de canal 8 y 10 de Mar del Plata gracias a enormes antenas colocadas en los techos. No existían las FM, y por amplitud modulada se escuchaban mejor las radios del Uruguay que las de Argentina.
En los almacenes - que cobraban más caro que en las ciudades - se daban enormes colas. También en las fruterías y carnicerías, que en general comerciaban productos de excelente calidad. Bares y restaurantes fulguraban. Y era común pescar con trasmallos casi sobre la orilla. Por supuesto también con cañas, aunque San Clemente ya no era el 'paraíso de la corvina negra' que se proponía al turismo. Las almejas se sacaban sin culpa y sin miedo a la marea roja. Nubes de mosquitos (y de moscas) convertían a los repelentes, espirales e insecticidas varios en best sellers.
Los posadolescentes contaban con una larga oferta de locales bailables. Uno se llamaba Mató 1000 (sic), en alusión a un término de moda para decir que algo estaba buenísimo. Tarjeteros y tarjeteras pululaban por el centro en pos de clientes. En carnaval aumentaba la afluencia de visitantes, y con ella, los precios. El alquiler de caballos 'subía' más de un veinte por ciento, al igual que casi todo. En San Clemente funcionaban dos cines, el Embassy y el Gran Tuyú. Las películas se cambiaban a diario y alternaban entre un cine y el otro. En una carpa céntrica el Gran Firulete ofrecía su show. Era el payaso más famoso de la Argentina.
En la realidad el país transitaba una crisis atroz. Sobre el mar una brisa de ficción permitía a millones, desde Punta Rasa hasta Punta Dungeness, vivir una ilusión pasajera. Un 'después vemos' mientras niños y no tanto desarrollaban los efímeros castillos de arena playeros.
En diciembre el general Videla, comandante general del ejército, le había dado a la señora 'Isabel' un plazo de tres meses para corregir lo que se sabía incorregible. La temporada finalizó. A mediados de marzo el jefe radical Ricardo Balbín recitaría aquello de 'Todos los incurables tienen cura cinco minutos antes de la muerte'. Pero no.
El remedio resultó peor que la enfermedad.


Antonio Hermann Morgner


 


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